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martes, 23 de abril de 2024

LINCOLN



 En una rápida búsqueda, compruebo que LINCOLN (Steven Spielberg, 2012) fue acogida con bastante aprobación crítica en su estreno (lo del público es otra historia: ya hace tiempo que el rey Midas perdió su corona). Yo coincido en que es una película excelente, pero no puedo soslayar un par de problemas que me ha generado. Por una parte, la actuación de Daniel Day-Lewis, interpretando al decimosexto presidente de los EEUU, me resulta molestamente forzada y artificiosa. Day-Lewis no sólo transforma su acento británico en el que supongo corresponde a los nacidos en Kentucky, sino que lo acompaña con una gestualidad (espalda encorvada, movimientos cansados, mirada desde abajo, media sonrisa semipermanente... todo como de viejo sabio a lo Yoda) que resulta antinatural y rayana en la caricatura. Por otro, el film dedica a su protagonista un tratamiento de veneración que no me parece que quede justificado en la narración. Bien está que el fin que persigue el gobernante, la aprobación de la Tercera Enmienda a la Constitución de los EEUU, que oficializaba el fin de la esclavitud en el país, sea digno de todo elogio, incluso si se consiguió, tal como se nos muestra (en un tono bastante humorístico, que remite a Capra y a Sorkin) mediante la compra de votos, pero no siento que esté plenamente explicada la admiración mesiánica con que está retratado el personaje, sobre todo para los que no hemos sido adoctrinados en ella desde la edad escolar. Insisto, no obstante, en que la película es sobresaliente, como no puede ser de otra forma tratándose de Spielberg. Y, más allá de las menciones a su inacabable inventiva narrativa, o a Kaminski o Wiliams, creo que hay que destacar la escena inicial, que es capaz de congelar la sangre con la plasmación de una batalla cuerpo a cuerpo cuyo realismo y crudeza superan, en poco más de medio minuto, a cualquier escena de Salvar al Soldado Ryan.



viernes, 8 de marzo de 2024

ESTE DEL OESTE / EAST OF WEST ; LOS PROYECTOS MANHATTAN / THE MANHATTAN PROJECTS

 


Casi cinco años después de su conclusión, poco a poco, sin prisas (y a medias entre comicbooks originales y tomos de la edición española de Norma), he completado (miento, me sigue faltando un número) la serie ESTE DEL OESTE, que finalmente he leído del tirón. Su guionista, Jonathan Hickman, formó parte del grupo de escritores que entre 2000 y 2015, más o menos, renovaron los tebeos de Marvel, presentando formas, temas y referentes novedosos respecto a los de sus predecesores (para devenir, con el tiempo, estereotipados y trillados a su vez). En su caso concreto, Hickman, además de rasgos estilísticos compartidos con sus correligionarios (diálogos cool, racionamiento de la información, saltos en la línea temporal, tramas imbricadas), destaca por otros propios, particularmente dos: el gusto por la creación de argumentos de ambiciosa escala geopolítica (ficticia, eso sí) y protagonismo muy coral; y la elaboración de diálogos con un tono culterano y nada coloquial, muchas veces al filo de lo impostado y ridículo.

Autor ya antes de su paso por Marvel, de varias series para Image, en 2013 se alió con el estupendo dibujante Nick Dragota para presentar East of West, serie que alcanzaría las cuarenta y cinco entregas. Se trata de una ucronía en torno a unos Estados Unidos que, tras una larga Guerra Civil se ven desmembrados en varios estados-nación de carácter étnico: afroamericano, nativo-americano, de descendientes de la migración china, tejano, surista y nordista. En torno a los representantes de estas naciones, unidos por una profecía de la inminencia del fin de los tiempos, se teje una trama de luchas internas y externas por el poder, caracterizadas por la crueldad y la absoluta falta de escrúpulos, y que acaban derivando en la reactivación del conflicto bélico. El oscuro panorama se completa con la aparición de las encarnaciones físicas de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, si bien uno de ellos -Muerte, ni más ni menos- ha dimitido de sus funciones llevado por el amor a una mujer, hija del líder de la nación china, con la cual ha tenido un hijo, cuya búsqueda, por uno y otros, será el principal motor de la historia.

Ésta –la historia- se desarrolla a lo largo de sus cuarenta y cinco episodios transitando por abundantes meandros, más o menos justificados, que la dilatan, con un leitmotiv omnipresente: todos los personajes son capaces de las mayores crueldades. Que la magistratura moral del relato corresponda al Jinete de la Muerte, que reniega de la inevitabilidad del Apocalipsis y da su vida para evitar que su hijo caiga en manos de sus excompañeros y se convierta en la Bestia que desatará la hecatombe, debiera contener alguna motivación y significado, pero, por desgracia, éstos no se nos dan: al inicio de la narración, la conversión ya se ha producido, en un “deus ex machina” de arranque muy conveniente para e guionista, pero poco satisfactorio para el lector.




Un año antes que Este del Oeste, Hickman inició, también en Image (y también traducida en España, por Planeta esta vez) LOS PROYECTOS MANHATTAN, una serie con muchos paralelismos con la anteriormente tratada: de nuevo una ucronía, esta vez en torno al desarrollo de la carrera espacial, protagonizada por un grupo de personajes (versiones disonantes de científicos del mundo real como Einstein, Feyman, Oppenheimer…) que hacen gala, todos ellos, de personalidades corruptas, criminales y hasta psicopáticas. Hickman parece partir de la premisa de la peculiaridad de las personalidades de estos personajes en la vida real, para amplificarla hasta límites absurdos, y convertirlos en protagonistas de una narración violenta  de -otra vez- luchas de poder entre facciones y dentro de las mismas, con personajes amorales que traspasan todos los límites para lograr sus objetivos. Pero hay un elemento que la diferencia radicalmente de Este del Oeste: el humor. Todas las truculencias de Los Proyectos Manhattan están tamizadas por un tono burlón, sarcástico y juguetón. Las canalladas que los Eisteinheimer y compañía se perpetran entre ellos, y contra todo aquel ser –humano o no- que obstaculice sus planes, resultan graciosas y, mejor aún, ingeniosas; un constante “citius, altius, fortius” de la villanía que alcanza niveles interestelares. El dibujo de Nick Pitarra –otro Nick de apellido extravagante-  refuerza enormemente los valores de la labor de Hickman: si la elegancia estilizada de Dragota en EDO acaba por resultar previsible y monótona –pese a sus denodados esfuerzos por hacer vistosas las abundantes escenas de cabezas parlantes que el guionista le ofrece-, el feísmo caricaturista, pero de detallismo espectacularizante a lo Geof Darrow, de Pitarra  resulta siempre interesante y creativo, y le sienta como un guante al relato.




Los Proyectos Manhattan se cerró como serie regular tras veinticinco números sin una conclusión evidente de lo que, de todas formas, no es más que una sucesión “in crescendo” de ocurrencias . Fue continuada, a modo de “spin off”, por una miniserie de cuatro números narrando las andanzas espaciales de dos personajes ya vistos en la serie principal: Yuri Gagarin y la perra Laika. Conocemos aquí su destino final, cumpliendo cierta función de epílogo, aunque nos quede sin narrar el del resto del reparto de la serie. Cabe suponer que las ventas no acompañaron.




Este del Oeste finaliza, tras el conflicto masivo y la destrucción generalizada,  con una llamada final a la reconciliación y a la paz. Y con un elogio del amor como fuerza que protege de la fragilidad del mundo y que lo convierte “en un hogar”, que no se corresponde a nada de lo hecho o dicho por los personaje en ningún momento anterior del relato y se da de bruces con la muy oscura visión de los estamentos de poder (político, militar, religioso...) mostrada durante toda la serie (y que coincide con la de Los Proyectos...). Y con la muerte de Muerte, sin que sepamos nada más de su naturaleza y motivaciones que al principio de la historia. 

Es la segunda vez que leo Los Proyectos Manhattan y no descarto una tercera en el futuro. No lo veo tan claro con Este del Oeste.

lunes, 9 de enero de 2017

BARÓN ROJO




Me gusta el trabajo que hace Carlos Puerta en BARÓN ROJO, una historia en tres álbumes, publicada por Norma (en origen, por Zèphyr, filial de Dupuis -parte del entramado Media-Participations-, de 2012 a 2015). Disfruto con su hiperrealismo impresionista y su puesta en escena clásica y eficacísima, como disfruté en su momento con el único tomo de la abortada serie El Perdición (Dibbuks, 2005), en un registro más caricaturesco de gran personalidad. Me desconcierta, sin embargo, un elemento del guion de Pierre Veys: el del "sexto sentido" del protagonista (personaje histórico, recordemos), que no acierto a entender qué función pretende cumplir, puesto que ni se asume hasta las últimas consecuencias, que derivarían al relato hacia lo fantástico, ni aporta nada, creo, en un sentido metafórico o simbólico, a una narración, por lo demás, seria e interesante, muy correcta como historieta bélica, sin necesidad de gratuidad semejante.