A pesar de ir avisado, y de haber visto sus anteriores (y posterior) películas, el PLAYTIME (1967) de Jacques Tati me pilló por sorpresa. Los rasgos fundamentales de la estética de Tati ya se encuentran, en mayor o menor medida, en sus trabajos previos, pero nunca (antes o después) con la radicalidad, el rigor y la organicidad de Playtime. Planos generales, fijos, con encuadres geométricos, dentro de lo cuales se desarrollan una o varias acciones, coreografiadas con precisión, interpretadas visualmente, con diálogos banales, sin apenas función narrativa: todo al servicio de producir una sensación para la que la palabra humor se me queda corta, y el termino poesía puede sugerir un trascendentalismo que no se corresponde. Tati nos convierte en flanneurs, y hasta voyeurs (ese edificio de apartamentos con ventanales como escaparates), disfrutando de un día de asueto en la ciudad, un Paris de pega, construido a escala real (Tativille), donde nos topamos con toda suerte de personajes (entre ellos, Monsieur Tati/Hulot, pero no de forma constante), protagonizando pequeñas vicisitudes, en un crescendo acumulativo de gentes y sucesos, que tiene su epítome en la secuencia de la caótica inauguración de un restaurante, pura orgía visual, para despedirnos a continuación subidos en un autobús desde el que contemplamos como el amanecer se funde con el crepúsculo mientras suena la maravillosa Opéra des jours heureux de Francis Lemarque.




