En una rápida búsqueda, compruebo que LINCOLN (Steven Spielberg, 2012) fue acogida con bastante aprobación crítica en su estreno (lo del público es otra historia: ya hace tiempo que el rey Midas perdió su corona). Yo coincido en que es una película excelente, pero no puedo soslayar un par de problemas que me ha generado. Por una parte, la actuación de Daniel Day-Lewis, interpretando al decimosexto presidente de los EEUU, me resulta molestamente forzada y artificiosa. Day-Lewis no sólo transforma su acento británico en el que supongo corresponde a los nacidos en Kentucky, sino que lo acompaña con una gestualidad (espalda encorvada, movimientos cansados, mirada desde abajo, media sonrisa semipermanente... todo como de viejo sabio a lo Yoda) que resulta antinatural y rayana en la caricatura. Por otro, el film dedica a su protagonista un tratamiento de veneración que no me parece que quede justificado en la narración. Bien está que el fin que persigue el gobernante, la aprobación de la Tercera Enmienda a la Constitución de los EEUU, que oficializaba el fin de la esclavitud en el país, sea digno de todo elogio, incluso si se consiguió, tal como se nos muestra (en un tono bastante humorístico, que remite a Capra y a Sorkin) mediante la compra de votos, pero no siento que esté plenamente explicada la admiración mesiánica con que está retratado el personaje, sobre todo para los que no hemos sido adoctrinados en ella desde la edad escolar. Insisto, no obstante, en que la película es sobresaliente, como no puede ser de otra forma tratándose de Spielberg. Y, más allá de las menciones a su inacabable inventiva narrativa, o a Kaminski o Wiliams, creo que hay que destacar la escena inicial, que es capaz de congelar la sangre con la plasmación de una batalla cuerpo a cuerpo cuyo realismo y crudeza superan, en poco más de medio minuto, a cualquier escena de Salvar al Soldado Ryan.




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