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domingo, 6 de octubre de 2024

EL MILLÓN DE OJOS DE SUMURU / THE MILLION EYES OF SUMURU



 En 1945, la BBC le encargó a Sax Rohmer, el afamado creador de las novelas de Fu Manchu, un serial radiofónico con su sello característico, Eso sí, como no querían meterse en líos con la República (todavía no Popular) China, le pidieron que crease una alternativa a su peculiar supervillano enfrentado a la civilización occidental y empeñado en obtener el poder global. Ni corto ni perezoso, Rohmer pergeñó una idea sin fisuras: Sumuru, una supervillana enfrentada a los hombres, así, en general, y empeñada en imponer un poder global matriarcal. Todo sutileza, el Rohmer. El personaje se desarrollaría a partir de 1950 en cinco novelas, y en 1967, el turbio productor Harry Alan Towers, que ya había llevado a Fu Manchu a la pantalla grande en un ciclo de películas, hizo lo propio con Sumuru, en EL MILLÓN DE OJOS DE SUMURU, un film dirigido por Lindsay Shonteff, protagonizado por el galán de medio pelo George Nader, su sidekick fallidamente cómico Frankie Avalon y, como la villana titular, la bella Shirley Eaton, una ex-chica Bond, que repetiría en la secuela de 1969 y, a continuación, se retiraría del mundo de la farándula para ser mamá. La película no tiene más atractivo que el de su insólito planteamiento, dado que no aspira más que a replicar/explotar el erotismo suave Bondiano, y está realizada con una inaudita falta de eficacia, sobre todo en las escenas de acción. La mencionada secuela, la dirigió el inefable Jesús Franco, y la vi hace unos años pero, ni recuerdo gran cosa, ni me apetece revisarla.


martes, 14 de mayo de 2024

PLAYTIME

 





A pesar de ir avisado, y de haber visto sus anteriores (y posterior) películas, el PLAYTIME (1967) de Jacques Tati me pilló por sorpresa. Los rasgos fundamentales de la estética de Tati ya se encuentran, en mayor o menor medida, en sus trabajos previos, pero nunca (antes o después) con la radicalidad, el rigor y la organicidad de Playtime. Planos generales, fijos, con encuadres geométricos, dentro de lo cuales se desarrollan una o varias acciones, coreografiadas con precisión, interpretadas visualmente, con diálogos banales, sin apenas función narrativa: todo al servicio de producir una sensación para la que la palabra humor se me queda corta, y el termino poesía puede sugerir un trascendentalismo que no se corresponde. Tati nos convierte en flanneurs, y hasta voyeurs (ese edificio de apartamentos con ventanales como escaparates), disfrutando de un día de asueto en la ciudad, un Paris de pega, construido a escala real (Tativille), donde nos topamos con toda suerte de personajes (entre ellos, Monsieur Tati/Hulot, pero no de forma constante), protagonizando pequeñas vicisitudes, en un crescendo acumulativo de gentes y sucesos, que tiene su epítome en la secuencia de la caótica inauguración de un restaurante, pura orgía visual, para despedirnos a continuación subidos en un autobús desde el que contemplamos como el amanecer se funde con el crepúsculo mientras suena la maravillosa Opéra des jours heureux de Francis Lemarque.