
Podrán gustar más o menos, pero no se puede negar que lo que sí tenían todas las entregas, hasta ahora, de la saga Alien, incluidas las dos últimas revisitaciones scottianas, es personalidad y voluntad de renovación. Justo de lo que carece Alien: Romulus, la última aportación a la franquicia, estrenada hace unos meses. El producto elaborado por Fede Álvarez sustituye la creatividad por puro cálculo cínico, para ofrecer un remedo estético y temático de la cinta original, protagonizada por un grupo de no-personajes, juveniles como viene siendo tendencia en recientes recuperaciones de franquicias (Ghostbusters, Predator), sometidos a un argumento de videojuego, con niveles a superar hasta el enfrentamiento con el final boss, y aderezando el camino con un muy contemporáneo gusto por el jump scare, principalmente basado en el empleo del sonido. Enfangado en sus malabarismos con el fan service, que tiene su cenit de inmoralidad en el cameo digital de Ash, y la apelación a las nuevas generaciones, Álvarez no muestra intención de significarse en forma alguna, dando lugar a un artefacto feo y carente de vida.
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