

De las varias reseñas que he leído sobre LA POSESIÓN (Andrzej Zulawski, 1981), el adjetivo, de entre todos los empleados por los diferentes escritores, que considero más apropiado para describir la película es "agotadora". Con un arranque in media res que presenta al matrimonio protagonista (Sam Neill e Isabelle Adjani) en plena descomposición, la subsiguiente espiral de desquiciamiento e implausibilidad de que hará gala el comportamiento, no ya de la pareja, sino de prácticamente cualquier otro personaje, incluidos los figurantes, dan lugar a una experiencia que, definitivamente, no es para cualquier espectador, ni para cualquier momento. Cuándo aparecen en escena el lúbrico monstruo lovecraftiano y la imposible doppelgänger de la mujer, queda establecido que nos hayamos en un universo paralelo, en un Berlín Occidental fotografiado de forma casi documental, pero devenido, bien por la influencia monstruosa, bien por su propia psicohistoria, en escenario pesadillesco, irreal e ilógico, en el que la Adjani transita desatada, con clímax en la escena del metro, para placer de quienes gusten de este tipo de exhibiciones actorales (no me cuento entre ellos). Planeada por Zulawski a raíz de su propio y doloroso divorcio, e interpretable también en clave feminista, el tremebundo a la vez que desopilante final transporta a la película a terrenos de delirio fantástico/surrealista muy estimulantes, para quien no haya abandonado previamente por colapso nervioso.


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