No recuerdo haber visto EL MAGO DE OZ de niño, aunque supongo que sí -seguro que pasó por Sesión de Tarde más de una vez-. Pero no creo que me gustara mucho: la niña (ejem) con coletas y el look infanto-kistch de sus compis probablemente se me atragantaran. Vista hoy, me fascina estéticamente. Más allá del encanto de la historia y sus posibles lecturas inspiracionales, identitarias o políticas, o del estatus mítico de su banda sonora, lo que me asombra y deleita son el pionero Technicolor, justificado cuasi-diegéticamente, con sabiduría mercadotécnica, tras un prólogo en blanco y negro. por el tránsito -tornado mediante- del mundo real al imaginario, y el prodigioso diseño de producción, marca MGM, por la creatividad con que construyen un mundo de cuento de hadas, entre lo freak y, otra vez, kistch (el mundo Munchkin), lo siniestro y expresionista (el bosque encantado), lo onírico y bucólico (el campo de amapolás) y lo celestial y mecánico (la Ciudad Esmeralda). Un hito iconográfico en la historia del medio, del cual destaco mi aprecio por la antonomástica Bruja mala del Oeste y sus molonísimos monos voladores.
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