sábado, 1 de junio de 2024

MINIMUM WAGE


Reseña publicada previamente en U, el Hijo de Urich, número 9 (Camaleón Ediciones; marzo, 1998)


 Bob Fingerman, es un historietista de 34 años que, atraído por las vertientes más impúdicas de la sub-cultura juvenil -pornografía y gore- se inició como dibujante en revistas sicalípticas de diversa índole, transitó por publicaciones humorísticas de pelaje más bien cochambroso, entró en Fantagraphics por la puerta de Eros, con alguna obra que obtuvo, incluso, buena acogida crítica, recaló en Dark Horse para realizar una extraña pero sugerente miniserie llamada White Like She, se arrimó en busca de sustento a Marvel y DC con alguna portada pintada y a Cosmic Comics (aquello de Roger Corman) con algunos guiones y, por fin, afrontó la realización de una obra más personal, con la creación, de nuevo para Fantagraphics,, de MINIMUM WAGE, serie que debutó en 1995 con un tomo de 76 páginas y que se continúa actualmente en un comic-book de comparecencia irregular del cual han aparecido cinco números hasta la fecha (recopilados recientemente en un segundo libro). En Minimum Wage, Fingerman practica una historieta anclada en su realidad circundante, con evidente poso autobiográfico, que , como suele ocurrir  en este ¿género? es, en sus mejores momentos, perspicaz, sensible o mordaz, y, en los peores, autoindulgente y previsible. Lo que cuenta Fingerman es, ni que decir tiene,, su propia vida; sus personajes, Rob y Silvia, trasuntos de él mismo y su esposa. Así las cosas, , Minimum Wage propone un escenario humano que nos suena mucho: pareja enamorada que malviven a base de curros poco gratificantes, que se lanzan a la aventura de la convivencia en pareja, que tienen un montón de amigos pelín freakies... 

Sin emabargo, el ingrediente que más llama la atención en MW, por su abundancia y por su peculiar tratamiento, es el sexo. En MW hay mucho sexo. Prácticamente no hay número sin, al menos, una escena sexual, y, en algunos, varias (el primer tomo , por supuesto, está repleto de ellas), los diálogos y monólogos interiores de Rob (la voz narradora), acaban derivando, en las más de las ocasiones, a algún asunto sexual; Rob (Bob) trabaja (claro) en revistas porno; incluso en un simple paseo de los personajes por las calles de la ciudad (New York), no deja Fingerman de resaltar los elementos sexuales posibles. El mundo en el que se mueven es, por otro lado, el de un ambiente, no marginal, pero sí poco convencional. Es un mundo de homosexuales militantes, de artistas que practican el malditismo vocacional, de ufanos pornógrafos, performances sado-maso, piercing a mansalva... De tebeos también, aunque no tanto como se podría esperar. Tratándose del (auto) retrato de un joven historietista, no podía faltar un episodio ambientado en una comicon, pero también entonces prevalece el enfoque procaz y crudo y lo que podía haberse quedado en un típico festival de guiños para iniciados y de cameos, se convierte de nuevo en un escaparate de la conducta sexual de algunos de los personajes de la serie (incluso el inevitable chiste "trekkie" es de índole genital). En fin, el mejor ejemplo del uso que hace Fingerman del sexo como elemento destacado de la serie, lo hallamos en el episodio en que se descubre el embarazo de Silvia. La alarma acerca de su estado de buenaesperanza se dispara cuando, en plena actividad amatoria, de los pechos de ella comienzaa a manar leche. ¿Poco sutil? Todo lo contrario, en mi opinión, El talento de Fingerman reside, precisamente, en que toda este "tensión sexual" casi permanente resulte natural, y a la vez reveladora de las particularidades de los personajes. Oscilando entre lo patético y lo eufórico, el tratamiento del sexo en MW es realista y creíble y dota de personalidad a la obra. 

Sin contar con la ética creativa radical e incorruptible de un Spiegelman o un Crumb, o un Bagge, pero sin enfangarse en la ciega supeditación comercial del company man, del "currito-feliz-porque- le-pagan-por-jugar-con-sus-juguetes-de-la-infancia", o del cínico que explota un cierto talento para descollar en un medio que realmente desprecia, , Fingerman ha ido trazando una carrera, si bien no excelsa, sí honesta e interesante, comparable a las de otros autores de su generación: Terry LaBan (practicante de un inteligente humor en Unsupervised Existence y Cud, y habil guionista comercial en la serie Grendel y en cosas de Vertigo y Dark Horse); Evan Dorkin (humorista ácido y alocado en Dork! y en Instant Piano, y con trabajos mainstream para Marvel y Dark Horse); Bernie Mireault (delicioso e inclasificable creador de The Jam, excelente dibujante y colorista para Grendel y DC); y más (Dave Cooper, Jeff Nicholson, Ed Brubaker...). Fingerman no es Crumb o Spiegelman o Bagge, ya digo, como tampoco lo son la mayoría de jóvenes autores alternativos norteamericanos que han ido apareciendo y siguen haciéndolo, cada vez en mayor número, durante la segunda mitad de la década de los 90. Los Crumn, los Spiegelman y Bagge escasean, huelga decirlo, en todo el mundo y en cualquier medio. así que bienvenidos sean los Fingerman.

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