La peor idea que jamás tuvo Alan Moore, inventar un secret origin para, si no justificar, sí dar una motivación a la locura/maldad de lo que no debiera ser sino un avatar del mal en todas sus manifestaciones, es recogida y aumentada por JOKER (Todd Phillips, 2019). Como interpretación del personaje de los tebeos (unos tebeos destinados a un público infanto-juvenil, convendría no olvidar) es un despropósito monumental. Pero, aunque pasemos por alto esa premisa, cosa a la que juega la película (a ponerse por encima de su material de origen), sigue siendo un bodrio que aúna drama familiar culebronesco, psicoanálisis de chichinabo, discurso social sin pies ni cabeza (¿exactamente, por qué el proto-Joker se convierte en emblema de las revueltas?), tratamiento puramente estético de la sordidez (y de una estética imitativa, además), glorificación cínica del villano... Estoy seguro de que Joaquin Phoenix se lo ha pasado teta con este caramelito actoral, y Todd Phllips jugando a ser Scorsese, pero yo hacía tiempo que no me cabreaba tanto con una obra de ficción.




No hay comentarios:
Publicar un comentario